Al techo le salieron ojeras

Habría que cerrar más los ojos
y reclinar la cabeza sobre el sofá,
o que la almohada se la trague,
y dejar que el techo nos mire.

Entregarnos como se entregan los que confían
porque tienen en quien confiar,
o porque no los han defraudado,
y dejar que el techo nos juzgue.

Sentirse tranquilo y ligero,
como una pluma o una ola o un grano de arena,
o simplemente estar y ya,
y dejar que el techo nos hable.

Que la columna vertebral
se mimetice con el centro del colchón,
o con la alfombra naranja
y dejar que el techo nos abrigue.

Llenar de musicalidad una mano y luego la otra,
componer una canción que se llame “soledad”,
o “el derrame del gusto” o simplemente no ponerle nombre,
y dejar que el techo se excite.

Soñar con juegos pirotécnicos
que dibujan la figura de un monumento,
o la figura de una mujer monumental,
y dejar que el techo se llene de envidia.

Tener el pecho desnudo
para que en él se posen las mariposas,
o los pájaros que cantan cuando el sol se asoma,
y dejar que el techo escuche música bonita un rato.

Querer querer,
y poder tener alguien a quien querer,
o amar y amarla siempre,
y no volver a mirar el techo nunca más;
porque podré ver la existencia de una mujer congelada en una foto
y sonreír desde sus ojos,
para no volver nunca más a estar aburrido o triste
mirándole los ojos y los lunares al techo.